Saturday, September 1, 2007

La salvación de la Tierra (Cont.)

Según el internet, los diarios y la televisión ya se sabía que en alguna parte allá arriba había una vasta estructura, similar a la que había aparecido en una película muy vista de las postrimerías del siglo XX, Independence Day. Pero estas pequeñas máquinas volantes esferoidales que parecían hechas de papel de aluminio opaco con agujeros hechos al azar y de diversa dimensión en toda su superficie, y las mencionas excrecencias y corrugaciones, aunque no desprovistos de una cierta simetría de diseño no había provocado realmente terror al comienzo, sino algo parecido a la extrañeza, sino fuera porque había habido pruebas de su funcionamiento letal, que si bien no se habían difundido en forma pública, sí que había sido presenciado en ya numerosas ocasiones y era fuente permanente de rumores. Más de un gobierno, especialmente los más poderosos, había intentado alguno tipo de operación encubierta desde tierra o aire contra los visitantes, y todas las instancias no habían podido ser encubiertas. La niña yacía despatarrada en el pavimento como una muñeca tirada por niño taimado, la falda remangada con la caída y mostrando sus calzones, que J. no pudo evitar de mirar por reflejo, sintiéndose un poco culpable. Un hilito de sangre comenzaba a escurrirse por la comisura de los labios pintados de esa figura inmóvil. Seguramente al caer se había golpeado la cabeza. La gente corría en todas direcciones, mientras J. permanecía paralizado afuera del café y el dispositivo volante pasaba zumbando suavemente a escasos metros de su cabeza. Se dio cuenta de que nada surgía de esa estructura que se desviaba casi imperceptiblemente para evitar una bala que alguien le habría disparado, luego había continuado a lo largo de la calle ocasionando una estampida de transeúntes que huían a medida que avanzaba. Se pudo oír otro estruendo, y gritos, y otro par de tiros, y J. se dio cuenta de que ahora el artefacto volante, el primero que él había visto de esas máquinas que ya recibían el nombre popular de huevos voladores, había aumentado su velocidad y desaparecía a lo largo de la calle Elgin, un amplio bulevar festoneado de cafés, restaurantes y establecimientos comerciales, hacia el centro administrativo y cívico de la ciudad. Todo no había durado másde treinta segundos. Una cuadra más allá se veía la parte trasera de un automóvil que sobresalía se un escaparate que había pulverizado y se oían las sirenas de coches policiales, o ambulancias.

No deja de ser curioso que la vida siempre parece retomar su curso normal, o al menos trata de hacerlo, luego del choque inicial incluso de los eventos más extraños y horribles, como esas hormigas que a los pocos segundos de que el transeúnte descuidado o malintencionado recomponen sus líneas y reanudas obstinadamente sus trabajos. Pasó después del Holocausto, el bombardeo de Dresden, Hiroshima, los genocidios de Rwanda e Irak, etc. Luego de algunos días la gente comenzó a darse cuenta de que no había que tener acciones violentas o dañinas de los visitantes, al menos por el momento, aparte de los miles de huevos metálicos que zumbaban suavemente y flotaban a velocidad y altura variable sobre calles y campos de todo el mundo. El primer comunicado de los rayén no había sido seguido por otros y las cosas estaban volviendo rápidamente a lo normal y lo habitual, como si la raza humana hubiera estado esperando la oportunidad de aferrarse a esa normalidad como un náufrago se aferra a un leño. La Bolsa se estabilizó e incluso ganó algunos puntos como respirando aliviada. Las noticias volvieron paulatinamente a centrarse en celebridades, figuras políticas y otros monos alfa del hemisferio con sus asuntos, anécdotas, estilo de vida y bravuconería, e incluso ya había quienes, en los círculos oficiales y financieros, hablaban de la posibilidad de entrar en transacciones comerciales con los extraterrestres y los ovoides voladores empezaron a aparecer en algunos comerciales, uno de los más exitosos promocionando ventanas con cristales polarizables mediante la simple presión de un botón, que una niña en tren de desvestirse después de una agotadora jornada pulsa ante la presencia de un ovoide que se demora estático en aire a unos cincuenta centímetros de su ventana.

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Ottawa, Ontario, Canada
Canadá desde 1975, se inicia en los 60 en el Grupo América y la Escuela de Santiago. Sus libros de poemas son El evasionista/the Escape Artist (Ottawa, 1981); La calle (Santiago, 1986); The Witch (Ottawa, 1986); Tánger (Santiago, 1990); Tangier (Ottawa, 1997); A vuelo de pájaro (Ottawa, 1998); Vitral con pájaros (Ottawa; 2002) Reflexión hacia el sur (Saskatoon, 2004) y Cronipoemas (Ottawa, 2010) En prosa, la novela De chácharas y largavistas, (Ottawa, 1993). Es autor de la antología Northern Cronopios, antología de narradores chilenos en Canadá, Canadá, 1993. Tiene prosa, poesía y crítica en Chile, Estados Unidos, Canadá, México, Cuba, España y Polonia. En 2000 ganó el concurso de nouvelle de www.escritores.cl con El diario de Pancracio Fernández. Ha sido antologado por ejemplo en Cien microcuentos chilenos, de Juan Armando Epple; Latinocanadá, Hugo Hazelton; Poéticas de Chile. Chilean Poets. Gonzalo Contreras; The Changuing Faces of Chilean Poetry. A Translation of Avant Garde, Women’s, and Protest Poetry, de Sandra E.Aravena de Herron. Es uno de los editores de Split/Quotation – La cita trunca.

Instalación en la casa de Parra en Las Cruces

Instalación en la casa de Parra en Las Cruces
Chile, 2005, Foto de Patricio Luco. Se pueden ver en esta "Biblioteca mínima indispensable" el Manual de Carreño, el Manifiesto Comunista y Mi Lucha

Chile, 2005

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Una foto con el vate Nicanor Parra, candidato al premio Nobel de Literatura